Madame Bovary

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Entonces, sin ningún miramiento para Hipólito, que sudaba entre las sábanas, aquellos señores emprendieron una conversación en la que el boticario comparó la sangre fría de un cirujano a la de un general; y esta comparación agradó a Canivet, que se extendió en consideraciones sobre las exigencias de su arte. Lo consideraba como un sacerdocio, aunque los oficiales de Sanidad lo deshonrasen. Por fin, volviendo al enfermo, examinó las vendas que había traído Homais, las mismas que habían utilizado en la operación del pie zambo, y pidió a alguien que le sostuviese la pierna. Mandaron a buscar a Lestiboudis, y el señor Canivet, después de haberse remangado, pasó a la sala de billar, mientras que el boticario se quedaba con Artemisa y con la mesonera, las dos más pálidas que un delantal, y con el oído pegado a la puerta.










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