Madame Bovary

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—Me parece que está todo. ¡Ah! Añadiré, para que no venga a reanimarme: «Estaré lejos cuando lea estas tristes líneas; pues he querido escaparme lo más pronto posible a fin de evitar la tentación de volver a verla. ¡No es debilidad! Volveré, y puede que más adelante hablemos juntos muy fríamente de nuestros antiguos amores. ¡Adiós!».

Y había un último adiós, separado en dos palabras: «¡A Dios!», lo cual juzgaba de muy buen gusto.

—¿Cómo voy a firmar, ahora? —se dijo—. ¿Su siempre fiel? ¿Su amigo? Sí, eso es: «Su amigo».

Rodolfo releyó la carta. La encontró bien. «¡Pobrecilla chica! —pensó enternecido. Va a creerse más insensible que una roca; habrían hecho falta aquí unas lágrimas; pero no puedo llorar; no es mía la culpa». Y echando agua en un vaso, Rodolfo mojó en ella su dedo y dejó caer desde arriba una gruesa gota, que hizo una mancha pálida sobre la tinta; después, tratando de cerrar la carta, encontró el sello Amor nel cor.

—Esto no pega en este momento… ¡Bah!, ¡no importa!

Después de lo cual, fumó tres pipas y fue a acostarse.


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