Madame Bovary
Madame Bovary —Sà —dijo Carlos, que no escuchaba.
—Esto nos prueba —replicó el otro, sonriendo con un aire de suficiencia— las innumerables irregularidades del sistema nervioso. En cuanto a la señora, siempre me ha parecido, lo confieso, una verdadera sensitiva. Por tanto, no le aconsejaré, mi buen amigo, ninguno de esos pretendidos remedios que, bajo pretexto de curar los sÃntomas, atacan el temperamento. No, ¡nada de medicación ociosa!, ¡régimen nada más!, sedantes, emolientes, dulcificantes. Además, ¿no piensa usted que quizás habrÃa que impresionar la imaginación?
—¿En qué?, ¿cómo? —dijo Bovary.
—¡Ah!, ¡esta es la cuestión! Efectivamente, esa es la cuestión. That is the question, como leÃa yo hace poco en el periódico.
Pero Emma, despertándose, exclamó.
—¿Y la carta?, ¿y la carta?
Creyeron que deliraba; deliró a partir de medianoche: se le habÃa declarado una fiebre cerebral.