Madame Bovary

Madame Bovary

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Durante cuarenta y tres días Carlos no se apartó de su lado. Abandonó a todos sus enfermos; ya no se acostaba, estaba continuamente tomándole el pulso, poniéndole sinapismos, compresas de agua fría. Enviaba a Justino hasta Neufchátel a buscar hielo; el hielo se derretía en el camino; volvía a enviarlo. Llamó al señor Canivet para consulta; hizo venir de Rouen al doctor Larivière, su antiguo maestro; estaba desesperado. Lo que más le asustaba era el abatimiento de Emma; porque no hablaba, no oía nada a incluso parecía no sufrir, como si su cuerpo y su alma hubiesen descansado juntos de todas sus agitaciones.

Hacia mediados de octubre pudo sentarse en la cama con unas almohadas detrás. Carlos lloró cuando le vio comer su primera rebanada de pan con mermelada. Las fuerzas le volvieron; se levantaba unas horas por la tarde, y, un día que se sentía mejor, él trató de hacerle dar un paseo por el jardín, apoyada en su brazo. La arena de los paseos desaparecía bajo las hojas caídas; caminaba paso a paso, arrastrando sus zapatillas, y, apoyándose en el hombro de Carlos, continuaba sonriendo.

Fueron así hasta el fondo, cerca de la terraza. Ella se enderezó lentamente, se puso la mano delante de los ojos para mirar; miró a lo lejos, muy a lo lejos; pero no había en el horizonte más que grandes hogueras de hierba que humeaban sobre las colinas.

—Vas a cansarte, amor mío dijo Bovary.


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