Madame Bovary
Madame Bovary No veía ningún impedimento; su madre le había enviado trescientos francos con los cuales no contaba, las deudas pendientes no eran grandes, y el vencimiento de los pagarés al señor Lheureux estaba todavía tan lejos que no había que pensar en ello. Por otra parte, imaginando que ella tenía escrúpulos, Carlos insistió más; de manera que ella acabó, a fuerza de insistencia, por decidirse. Y al día siguiente, a las ocho, se embarcaron en «La Golondrina».
El boticario, a quien nada retenía en Yonville, pero que se creía obligado a no moverse de allí, suspiró al verles marchar.
—Bueno, ¡buen viaje! —les dijo—, ¡felices mortales!
Después, dirigiéndose a Emma, que llevaba un vestido de seda azul con cuatro faralaes:
—¡Está hermosa como un sol! Va a dar el golpe en Rouen.