Madame Bovary

Madame Bovary

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La diligencia bajaba al hotel de la «Croix Rouge» en la plaza Beauvoisine. Era una de esas posadas que hay en los arrabales provincianos, con grandes caballerizas y pequeños cuartos para dormir, donde se ven en medio del patio gallinas picoteando la avena bajo los cabriolés llenos de barro de los viajantes de comercio; buenos viejos albergues, con balcón de madera carcomida, que crujen al viento en las noches de invierno, siempre llenos de gente, de barullo y de comida, con mesas negras embadurnadas de té o café con aguardiente, con gruesos cristales amarillos para las moscas, y servilletas húmedas manchadas de vino tinto, y que, oliendo siempre a pueblo, como gañanes vestidos de burgueses, tienen un café a la calle, y por la parte del campo, una huerta de verduras. Carlos se puso inmediatamente en movimiento. Confundió el proscenio con las galerías, el patio de butacas con los palcos; anduvo del acomodador al director, regresó a la posada, volvió al despacho, y varias veces así, recorrió la ciudad a todo lo largo, desde el teatro hasta el bulevar.

Madame Bovary compró un sombrero, unos guantes, un ramillete de flores. El doctor temía mucho perder el comienzo; y sin haber tenido tiempo de tomar un caldo, se presentaron a las puertas del teatro, que todavía estaban cerradas.


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