Madame Bovary
Madame Bovary En un gesto que hizo cayó su gran chambergo español; y enseguida los instrumentos y los cantores entonaron el sexteto. Edgardo, centelleante de furia, dominaba a todos los demás con su voz clara. Ashton le lanzaba en notas graves provocaciones homicidas. Lucía dejaba escapar su aguda queja. Arturo modulaba aparte sonidos, medios, y el bajo profundo del ministro zumbaba como un órgano, deliciosamente. Todos coincidían en los gestos; y la cólera, la venganza, los celos, el terror, la misericordia y la estupefacción salían a la vez de sus bocas entreabiertas. El enamorado ultrajado blandía su espada desnuda; su gorguera de encaje se levantaba por sacudidas, según los movimientos de su pecho, a iba de derecha a izquierda, a grandes pasos, haciendo sonar contra las tablas las espuelas doradas de sus botas flexibles que se enganchaban en el tobillo. Tenía que haber, pensaba ella, un inagotable amor para derramarlo sobre la muchedumbre en tan amplios efluvios. Todas sus veleidades de denigración se desvanecían bajo la poesía del papel que la invadía, y arrastrada hacia el hombre por la ilusión del personaje trató de imaginarse su vida, aquella vida estrepitosa, extraordinaria, espléndida, que ella habría podido llevar, sin embargo, si el azar lo hubiera querido. Se habrían conocido, se habrían amado. Con él por todos los reinos de Europa, ella habría viajado de capital en capital, compartiendo sus fatigas y su orgullo, recogiendo las flores que le arrojaban, bordando ella misma sus trajes; después, cada noche, en el fondo de un palco, detrás de la reja con barrotes de oro, habría recogido, boquiabierta, las expansiones de aquella alma que no habría cantado más que para ella sola; desde la escena, al tiempo que representaba, la habría mirado. Pero se volvió loca; ¡él la miraba, estaba claro! Le entraron ganas de correr a sus brazos para refugiarse en su fuerza, como en la encarnación del amor mismo, y de decirle, de gritarle: «Ráptame, llévame, marchemos! ¡Para ti, para ti!, todos mis ardores y todos mis sueños».