Madame Bovary

Madame Bovary

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Cayó el telón.

El olor del gas se mezclaba con los alientos; el aire de los abanicos hacía la atmósfera más sofocante. Emma quiso salir; el público llenaba los pasillos, y se volvió a echar en su butaca con palpitaciones que la sofocaban. Carlos, temiendo que se desmayara, corrió a la cantina a buscar un vaso de horchata.

Le costó trabajo volver a su sitio, pues por todas partes le daban codazos por el vaso que llevaba entre sus manos, y hasta llegó a derramar las tres cuartas partes sobre los hombros de una ruanesa de manga corta quien, sintiendo llegar el líquido frío a los riñones, gritó despavorida, como si la hubieran asesinado. Su marido, que era hilandero, se enfureció con aquel torpe, y mientras ella se limpiaba con su pañuelo las manchas de su hermoso vestido de tafetán cereza, él murmuraba con tono desabrido las palabras de indemnización, gastos, reembolso. Por fin, Carlos llegó al lado de su mujer, diciéndole todo sofocado:

—Creí, en verdad, que no volvía. ¡Hay tanta gente… tanta gente!

Y añadió:

—¿A que no adivinas a quién he encontrado allá arriba? ¡Al señor León!

—¿A León?

—¡El mismo! Va a venir a saludarte.


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