Madame Bovary
Madame Bovary Y al terminar estas palabras el antiguo pasante de Yonville entró en el palco.
Le tendió su mano con una desenvoltura de hombre de mundo: y Madame Bovary adelantó maquinalmente la suya, sin duda obedeciendo a la atracción de una voluntad más fuerte. No la había sentido, desde aquella tarde de primavera en la que llovía sobre las hojas verdes, cuando se dijeron adiós, de pie al borde de la ventana. Pero pronto, dándose cuenta de la situación, sacudió en un esfuerzo aquella neblina de sus recuerdos y empezó a balbucear frases rápidas:
—¡Ah! Hola… ¡Cómo! ¿Usted por aquí?
—¡Silencio! —gritó una voz del patio de butacas, pues empezaba el tercer acto.
—¿Así que está usted en Rouen?
—Sí.
—¿Y desde cuándo?
—¡Fuera, fuera!
—El público se volvía hacia ellos; se callaron.