Madame Bovary

Madame Bovary

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Pero a partir de aquel momento ella no escuchó más; y el coro de los invitados, la escena de Ashton y su criado, el gran dúo en re mayor, todo pasó para ella en la lejanía, como si los instrumentos se hubieran vuelto menos sonoros y los personajes más alejados; recordaba las partidas de cartas en casa del farmacéutico, y el paseo a casa de la nodriza, las lecturas bajo la glorieta del jardín, las charlas a solas al lado del fuego, todo aquel pobre amor tan tranquilo y tan largo, tan discreto, tan tierno, y que ella, sin embargo, había olvidado. ¿Por qué entonces volvía él? ¿qué combinación de aventuras volvía a ponerlo en su vida? El se mantenía detrás de ella, apoyando su hombro en el tabique; y de vez en cuando, ella se sentía estremecer bajo el soplo tibio de su respiración que le bajaba hasta la cabellera.

—¿Le gusta esto? —dijo él inclinándose hacia ella tanto que la punta de su bigote le rozó la mejilla.

Emma contestó indolentemente:

—¡Oh, Dios mío, no!, no mucho.

Entonces le propuso salir del teatro para ir a tomar unos helados a algún sitio.

—¡Ah!, todavía no, quedémonos —dijo Bovary—. Lucía se ha soltado el pelo: esto promete un desenlace trágico.


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