Madame Bovary

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Pero la escena de la locura no interesaba a Emma, y la actuación de la cantante le pareció exagerada.

—Grita mucho —dijo Emma volviéndose hacia Carlos, que escuchaba:

—Sí… quizás… un poco —replicó él, indeciso entre la franqueza de su placer y el respeto que tenía a las opiniones de su mujer.

Después León dijo suspirando:

—¡Hace un calor!

—¡Insoportable!, es cierto.

—¿Estás incómoda? —preguntó Bovary.

—Sí; vámonos.

El señor León puso delicadamente sobre los hombros de Emma su largo chal de encaje, y se fueron los tres a sentarse al puerto, al aire libre, delante de la cristalera de un café.

Primero hablaron de la enfermedad de Emma, aunque ella interrumpía a Carlos de vez en cuando, por temor, decía, de aburrir al señor León; y éste les contó que venía a Rouen a pasar dos años en un gran despacho para adquirir práctica en los asuntos, que en Normandía eran diferentes de los que se trataban en París. Después preguntó por Berta, por la familia Homais, por la tía Lefrançois; y como en presencia del marido no tenían nada más que decirse, pronto se detuvo la conversación.


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