Madame Bovary

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Gente que salía del espectáculo pasó por la acera, tarareando o cantando a voz en grito: Oh, ángel bello, Lucía mía. Entonces León, para dárselas de aficionado, se puso a hablar de música. Había visto a Tamburini, a Rubini, a Persiani, a Grisi; y al lado de ellos, a pesar de sus grandes momentos de esplendor, Lagardy no valía nada.

—Sin embargo —interrumpió Carlos, que daba pequeños mordiscos a su sorbete de ron—, dicen que en el último acto está absolutamente admirable; siento haber salido antes del final, pues empezaba a divertirme.

—De todos modos —replicó el pasante, pronto dará otra representación.

Pero Carlos respondió que se iban al día siguiente.

—A menos —añadió, volviéndose a su mujer— que tú quieras quedarte sola, cariño.

Y cambiando de maniobra ante aquella situación inesperada que se le presentaba, el joven comenzó a hacer el elogio de Lagardy en el trozo final. Era algo soberbio, ¡sublime! Entonces Carlos insistió:

—Volverás el domingo. ¡Vamos, decídete! Haces mal en no venir si sientes que te hace bien, por poco que sea.


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