Madame Bovary

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Entretanto, las mesas a su alrededor se iban despoblando; vino un camarero a apostarse discretamente cerca de ellos; Carlos, que comprendió, sacó su cartera; el pasante le retuvo el brazo, a incluso no se olvidó de dejar, además, de propina dos monedas de plata, que hizo sonar contra el mármol.

—Verdaderamente —murmuró Bovary—, no me gusta que usted haya pagado.

El otro tuvo un gesto desdeñoso lleno de cordialidad, y tomando su sombrero:

—Queda convenido, ¿verdad?, ¿mañana, a las seis?

Carlos dijo de nuevo que no podía ausentarse por más tiempo; pero que nada impedía que Emma…

—Es que… —balbuceó ella con una sonrisa especial, no sé si…

—¡Bueno!, ya lo pensarás, ya veremos, consulta con la almohada.

Después, a León, que les acompañaba:

—Ahora que está usted en nuestras tierras, espero que venga de vez en cuando a comer con nosotros.

El pasante dijo que iría, puesto que además necesitaba ir a Yonville para un asunto de su despacho. Y se separaron delante del pasaje Saint Herbland en el momento en que daban las once y media en la catedral.


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