Madame Bovary

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Ella no se alteró a primera vista; al contrario, se disculpó por haberse olvidado de decirle dónde se alojaban.

—¡Oh!, lo he adivinado —replicó León.

—¿Cómo?

Él pretendió haber sido guiado hacia ella al azar, por un instinto. Ella empezó a sonreír, y pronto, para reparar aquella tontería, León contó que se había pasado la mañana buscando por todos los hoteles de la ciudad.

—¿Se ha decidido a quedarse? —añadió él.

—Sí —dijo ella—, y me he equivocado. No hay que acostumbrarse a placeres que no podemos permitirnos cuando tenemos a nuestro alrededor mil exigencias…

—¡Oh!, me imagino…

—Pues usted no puede imaginárselo porque no es una mujer.

Pero los hombres tenían también sus preocupaciones y la conversación se encaminó a algunas reflexiones filosóficas. Emma se extendió largamente sobre la miseria de los afectos terrestres y el eterno aislamiento en que el corazón permanece encerrado.


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