Madame Bovary

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Después, al verla de nuevo al cabo de tres años de ausencia, su pasión se despertó. Había que decidirse, por fin, pensó, a querer poseerla. Por otra parte, su timidez se había gastado al contacto con compañías alocadas y volvía a provincias, despreciando todo lo que no pisaba con un pie charolado el asfalto del bulevar. Al lado de una parisina con encajes, en el salón de algún doctor ilustre, personaje condecorado y con coche, el pobre pasante, sin duda, hubiese temblado como un niño; pero aquí, en Rouen, en el puerto, ante la mujer de aquel medicucho, se sentía cómodo, seguro por anticipado de deslumbrarla. El aplomo depende de los ambientes en que uno está; no se habla en el entresuelo como en el cuarto piso, y la mujer rica parece tener a su alrededor, para guardar su virtud, todos sus billetes de banco como una coraza en el forro de su corsé.

Al dejar la víspera por la noche al señor y a la señora Bovary, León los había seguido de lejos en la calle; después, habiéndolos visto pararse en la «Croix Rouge», dio media vuelta y pasó toda la noche meditando un plan.

Al día siguiente, a las cinco, entró en la cocina de la posada, con un nudo en la garganta, las mejillas pálidas, y con esa resolución de los cobardes a los que nada detiene.

—El señor no está —respondió un criado.

Esto le pareció de buen augurio. Subió.


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