Madame Bovary

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Para hacerse valer, o por una imitación ingenua de aquella melancolía que provocaba la suya, el joven declaró que se había aburrido prodigiosamente durante todo el tiempo de sus estudios. El Derecho procesal le irritaba, le atraían otras vocaciones, y su madre no dejaba de atormentarle a todas horas.

Ellos precisaban cada vez más los motivos de su dolor, y cada uno, a medida que hablaba, se exaltaba un poco en esta confidencia progresiva. Pero a veces se paraban a exponer completamente su idea, y entonces trataban de imaginar una frase que, sin embargo, pudiese traducirla. Emma no confesó su pasión por otro; León no dijo que la había olvidado.

Quizás él ya no se acordaba de sus cenas después del baile con mujeres vulgares, y ella no se acordaba, sin duda, de las citas de antaño, cuando corría por la mañana entre la hierba hacia el castillo de su amante.

Los ruidos de la ciudad apenas llegaban hasta ellos; y la habitación parecía pequeña, muy a propósito para estrechar más su intimidad. Emma, vestida con una bata de bombasí[54], apoyaba su moño en el respaldo del viejo sillón; el papel amarillo de la pared hacía como un fondo de oro detrás de ella; y su cabeza descubierta se reflejaba en el espejo con la raya Blanca al medio y la punta de sus orejas que sobresalían bajo sus bandós.


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