Madame Bovary
Madame Bovary —Pero, perdón —dijo ella—, hago mal, ¡le estoy aburriendo con mis eternas quejas!
—No, ¡nunca!, ¡nunca!
—¡Si usted supiera —replicó Emma, levantando hacia él sus ojos de los que se desprendÃa una lágrima— todo lo que yo he soñado!
—Y yo, ¡oh!, yo he sufrido mucho. Muchas veces salÃa, me iba, me paseaba por las avenidas, paseos, muelles, aturdiéndome con el ruido de la muchedumbre sin poder desterrar la obsesión que me perseguÃa. Hay en el bulevar, en una tienda de estampas, un grabado italiano que representa una Musa. Viste una túnica, y está mirando la luna, con miosotis en su pelo suelto. Algo me empujaba hacia allà incesantemente; allà permanecÃa horas enteras.
Después, con una voz temblorosa:
—Se le parecÃa un poco.
Madame Bovary volvió la cabeza para que él no viese la irresistible sonrisa que sentÃa asomársele.
—Frecuentemente —replicó él— le escribÃa cartas que luego rompÃa.
Ella no respondÃa. Él continuó:
—A veces me imaginaba que una casualidad la traerÃa a usted aquÃ. CreÃa reconocerla en la esquina de las calles, y corrÃa detrás de todos los coches en cuya portezuela flotaba un chal, un velo parecido al suyo…