Madame Bovary

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Entonces se contaron los pequeños sucesos de aquella existencia lejana, de la que acababan de resumir, en una sola palabra, los placeres y las melancolías. Recordaba la cuna de clemátides, los vestidos que había llevado, los muebles de su habitación, toda su casa.

—¿Y nuestros pobres cactus, dónde están?

—El frío los ha matado este invierno.

—¡Ah!, ¡cuánto he pensado en ellos, si supiera!, muchas veces los volvía a ver como antes, cuando, en las mañanas de verano, el sol pegaba en las celosías… y veía sus dos brazos desnudos que pasaban entre las flores.

—¡Pobre amigo! —dijo ella tendiéndole la mano.

León muy pronto pegó en ella sus labios. Luego, después de haber respirado profundamente:

—Usted en aquel tiempo era para mí no sé qué fuerza incomprensible que cautivaba mi vida. Una vez, por ejemplo, fui a su casa; pero usted no se acuerda de esto, sin duda.

—Sí —dijo ella—. Continúe.


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