Madame Bovary

Madame Bovary

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Se instalaban en la sala baja de una taberna, que tenía a la puerta unas redes negras colgadas. Comían fritura de eperlano, nata y cerezas. Se acostaban en la hierba; se besaban a escondidas bajo los álamos; y habrían querido, como dos Robinsones, vivir perpetuamente en aquel pequeño rincón que les parecía, en su plácida dicha, el más grandioso de la tierra. No era la primera vez que veían árboles, cielo azul, césped, que oían correr el agua y soplar la brisa en el follaje; pero sin duda nunca habían admirado todo esto, como si la naturaleza no existiera antes, o no hubiese comenzado a ser bella hasta que ellos tuvieron colmados sus deseos.

Por la noche volvían. La barca bordeaba las islas. Los dos permanecían en el fondo, ocultos en la sombra, sin hablar. Los remos cuadrados sonaban entre los toletes de hierro; y era como si se marcase el compás con un metrónomo, mientras que detrás la cuerda que arrastraba no interrumpía su pequeño chapoteo suave en el agua.

Una vez salió la luna; entonces se pusieron a hacer frases, inspiradas en el astro melancólico y lleno de poesía; incluso Emma se puso a cantar:

—Un soir, t'en souvient il? Nous voguious, etc.[60]

Su voz armoniosa y suave se perdía sobre las olas; y el viento se llevaba los trinos que León escuchaba pasar como un batir de alas alrededor de él.


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