Madame Bovary

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Emma se mantenía enfrente, apoyada en el tabique de la chalupa, donde entraba la luna por una de las ventanas abiertas. Su vestido negro, cuyos pliegues se ensanchaban en abanico, la hacía más delgada y más alta. Tenía la cabeza erguida, las manos juntas y los ojos mirando al cielo. A veces la sombra de los sauces la ocultaba por completo, luego reaparecía de pronto como una visión a la luz de la luna.

León, en el suelo, al lado de ella, encontró bajo su mano una cinta de seda color rojo vivo.

El barquero la examinó y acabó por decir:

—¡Ah!, puede que sea de un grupo que paseé el otro día. Vinieron un montón de comediantes, señores y señoras, con pasteles, champán, cornetines, y toda la pesca; había uno sobre todo, un mozo alto y guapo, con bigotito, que era muy divertido, y decían algo así: «Vamos, cuéntanos algo…, Adolfo…, Rodolfo…», me parece.

Emma se estremeció.

—¿Te sientes mal? —dijo León acercándose a ella.

—¡Ah!, no es nada. Sin duda, el fresco de la noche.

—Y no deben de faltarle mujeres, tampoco —añadió el viejo marinero, creyendo halagar al forastero.

Después, escupiendo en las manos, volvió a coger los remos.


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