Madame Bovary

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Situada por completo en el anfiteatro y envuelta en la niebla, se ensanchaba más allá de los puentes, confusamente. Luego la campiña volvía a subir con una ondulación monótona, hasta tocar en la lejanía la base indecisa del cielo pálido. Visto así desde arriba, todo el paisaje tenía el aire inmóvil de una pintura; los barcos anclados se amontonaban en un rincón; el río redondeaba su curva al pie de las colinas verdes, y las islas, de forma oblonga, parecían sobre el agua grandes peces negros parados. Las chimeneas de las fábricas lanzaban inmensos penachos oscuros que levantaban el vuelo por su extremo. Se oía el ronquido de las fundiciones con el carillón claro de las iglesias que se alzaban en la bruma. Los árboles de los bulevares, sin hojas, formaban como una maraña color violeta en medio de las casas, y los tejados, todos relucientes de lluvia, reflejaban de modo desigual según la altura de los barrios. A veces un golpe de viento llevaba las nubes hacia la costa de Santa Catalina, como olas aéreas que se rompían en silencio contra un acantilado.







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