Madame Bovary

Madame Bovary

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Algo vertiginoso se desprendía para ella de estas existencias amontonadas, y su corazón se ensanchaba ampliamente como si las ciento veinte mil almas que palpitaban allí le hubiesen enviado todas a la vez el vapor de las pasiones que ella les suponía. Su amor crecía ante el espacio y se llenaba de tumulto con los zumbidos vagos que subían. Ella lo volvía a derramar fuera, en las plazas, en los paseos, en las calles, y la vieja ciudad normanda aparecía ante sus ojos como una capital desmesurada, como una Babilonia en la que ella entraba. Se asomaba con las dos manos por la ventanilla, aspirando la brisa; los tres caballos galopaban, las piedras rechinaban en el barro, la diligencia se balanceaba, a Hivert, de lejos, daba voces a los carricoches en la carretera, mientras que los burgueses que habían pasado la noche en el bosque Guillaume bajaban la cuesta tranquilamente en su cochecito familiar.

Se paraban en la barrera; Emma se desataba los chanclos, cambiaba de guantes, se ponía bien el chal, y veinte pasos más lejos se apeaba de «La Golondrina».

La ciudad se despertaba entonces. Los dependientes, con gorro griego, frotaban el escaparate de las tiendas, y unas mujeres con cestos apoyados en la cadera lanzaban a intervalos un grito sonoro en las esquinas de las calles. Ella caminaba con los ojos fijos en el suelo, rozando las paredes y sonriendo de placer bajo su velo negro que le cubría la cara.


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