Madame Bovary

Madame Bovary

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Por miedo a que la vieran, no tomaba ordinariamente el camino más corto. Se metía por las calles oscuras y llegaba toda sudorosa hacia la parte baja de la calle Nationale, cerca de la fuente que hay allí. Es el barrio del teatro, de las tabernas y de las prostitutas. A menudo pasaba al lado de ella una carreta que llevaba algún decorado que se movía. Unos chicos con delantal echaban arena sobre las losas entre arbustos verdes. Olía a ajenjo, a tabaco y a ostras.

Emma torcía por una calle, reconocía a León por su pelo rizado que se salía de su sombrero.

León continuaba caminando por la acera. Ella le seguía hasta el hotel, él abría la puerta, entraba… ¡Qué apretón, qué abrazo!

Después se precipitaban las palabras, los besos. Se contaban las penas de la semana, los presentimientos, las inquietudes por las cartas; pero ahora se olvidaba todo y se miraban frente a frente con risas de voluptuosidad y palabras de ternura.

La cama era un gran lecho de caoba en forma de barquilla. Las cortinas de seda roja lisa, que bajaban del techo, se recogían muy abajo, hacia la cabecera que se ensanchaba; y nada en el mundo era tan bello como su cabeza morena y su piel blanca que se destacaban sobre aquel color púrpura, cuando con un gesto de pudor cerraba los brazos desnudos, tapándose la cara con las manos.


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