Madame Bovary
Madame Bovary El tibio aposento con su alfombra discreta, sus adornos juguetones y su luz tranquila parecía muy a propósito para las intimidades de la pasión. Las barras terminaban en punta de flecha, los alzapaños de cobre y las gruesas bolas de los morillos relucían de pronto cuando entraba el sol. Sobre la chimenea, entre los candelabros, había dos de esas grandes caracolas rosadas en las que se oye el ruido del mar cuando se las acerca al oído.