Madame Bovary
Madame Bovary ¡Cuánto les gustaba aquel cómodo aposento, lleno de alegría, a pesar de su esplendor un poco marchito! Siempre encontraban los muebles en su sitio, y a veces unas horquillas que Emma había olvidado el jueves anterior bajo el soporte del reloj. Comían al lado del fuego, en un pequeño velador con incrustaciones de palisandro. Emma trinchaba, le ponía los trozos en su plato diciéndole toda clase de zalamerías; y se reía con una risa sonora y libertina cuando la espuma del champán desbordaba el vaso ligero sobre las sortijas de sus dedos. Estaban tan completamente locos en la posesión de sí mismos que se creían allí en su propia casa, y como si fueran a vivir allí hasta la muerte como dos eternos recién casados. Decían nuestra habitación, nuestra alfombra, nuestras butacas, incluso ella decía mis pantuflas, un regalo de León, un capricho que ella había tenido. Eran unas pantuflas de raso color rosa ribeteadas de plumón de cisne. Cuando se sentaba sobre las rodillas de León, su pierna, entonces demasiado corta, colgaba en el aire, y el gracioso calzado, que no tenía contrafuerte, se sostenía sólo por los dedos de su pie desnudo.