Madame Bovary

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Aquella palabra le llegó como una bocanada de aire fresco.

—Déjeme la cuenta —dijo Emma.

—¡Oh!, no vale la pena —replicó Lheureux.

Volvió a la semana siguiente, y presumió de haber conseguido encontrar, después de muchas gestiones, a un tal Langlois, que desde hacía mucho tiempo codiciaba la finca sin ofrecer precio por ella.

—¡El precio es lo de menos! —exclamó Emma.

Había que esperar, por el contrario, a tantear a aquel mozo. La cosa valía la pena de un viaje, y como ella no podía hacerlo, él se ofreció para desplazarse hasta allí y ponerse al habla con Langlois. Una vez de vuelta, dijo que el comprador ofrecía cuatro mil francos.

Emma se regocijó al conocer esta noticia.

—Francamente —añadió él—, está bien pagada.

Emma cobró la mitad del dinero inmediatamente, y cuando fue a liquidar su cuenta, el comerciante le dijo:

—Me apena, palabra de honor, verla deshacerse de golpe y porrazo de una cantidad tan importante como ésta.

Entonces ella miró los billetes de banco, y pensando en el número ilimitado de citas que representaban aquellos dos mil francos:

—¡Cómo!, ¡cómo! —balbució.


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