Madame Bovary

Madame Bovary

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—¡Oh! —replicó Lheureux, en tono bonachón—, en las facturas se puede meter lo que se quiera. ¿Acaso no sé yo lo que es gobernar una casa?

Y la miraba fijamente mientras sostenía en la mano dos largos papeles que hacía resbalar entre sus uñas. Por fin, abriendo su cartera, extendió sobre la mesa cuatro letras de cambio de mil francos cada una.

—Firme esto —le dijo—, y quédese con todo.

Ella protestó escandalizada.

—Pero si yo le doy el sobrante —dijo descaradamente el señor Lheureux—, ¿no le hago un favor?

Y tomando una pluma, escribió al pie de la cuenta: «Recibido de Madame Bovary cuatro mil francos».

—¿Qué le preocupa si va a cobrar dentro de seis meses el resto de la venta de su barraca, y yo le aplazo el vencimiento de la última letra para después del pago?

Emma se embrollaba un poco en sus cálculos, le tintineaban los oídos como si alrededor de ella sonaran sobre el suelo monedas de oro que caían de sacos rotos. Finalmente, Lheureux le explicó que un amigo suyo, Vinçart, banquero en Rouen, iba a descontar aquellas cuatro letras y luego él mismo entregaría a Madame el sobrante de la deuda real.


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