Madame Bovary

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—Lo comprendo —dijo el notario—; un hombre de ciencia no puede perder el tiempo en los detalles prácticos de la vida.

Y Carlos se sintió aliviado por aquella reflexión lisonjera que daba a su debilidad las halagüeñas apariencias de una preocupación superior.

¡Qué desbordamiento el jueves siguiente, en el hotel, en su habitación, con León! Emma rió, lloró, cantó, bailó, mandó subir sorbetes, quiso fumar cigarrillos, a León le pareció extravagante, pero adorable, soberbia.

León no sabía qué reacción de todo su ser la impulsaba más a precipitarse en los gozos de la vida. Se volvía irritable, glotona, voluptuosa; y se paseaba con él por las calles con la frente alta, sin miedo, decía ella, de comprometerse. A veces, sin embargo, Emma se estremecía ante la idea súbita de encontrarse con Rodolfo; pues, aunque estuviesen separados para siempre, le parecía que no estaba completamente liberada de su dependencia.

Una noche no volvió a Yonville, Carlos estaba loco de impaciencia, y la pequeña Berta, que no quería acostarse sin su mamá, sollozaba intensamente. Justino salió sin rumbo, por la carretera. El señor Homais dejó su farmacia.


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