Madame Bovary

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Cuando entraba en esta calle, apareció Emma en persona en el otro extremo; Carlos, más que abrazarla, se echó sobre ella, exclamando:

—¿Quién te retuvo ayer?

—Estuve enferma.

—¿Y de qué?… ¿Dónde?… ¿Cómo?…

Emma se pasó la mano por la frente y contestó:

—En casa de la señorita Lempereur.

—¡Estaba seguro!, allá iba yo.

—¡Oh!, no vale la pena. Acaba de salir hace un momento; pero en lo sucesivo no te preocupes. No me siento libre, ya comprendes, si sé que el menor retraso te trastorna de esta manera.

Era como una especie de permiso que se daba a sí misma para estar más libre en sus escapadas. Y lo aprovechó ampliamente a sus anchas. Cuando sentía deseos de ver a León, se iba con cualquier pretexto, y como él no la esperaba aquel día, era ella quien iba a buscarle al despacho.

Las primeras veces fue para él una alegría; pero al poco tiempo le dijo la verdad: que su jefe se quejaba mucho de aquellos trastornos.

—¡Bah!, vente —le decía ella.

Y él se escapaba del despacho.


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