Madame Bovary
Madame Bovary En los viajes que hacÃa para verla, León cenaba a menudo en casa del boticario, y por cortesÃa se creyó obligado a invitarle a su vez.
—¡Con mucho gusto! —respondió el señor Homais—; además, necesito remozarme un poco, pues aquà me estoy embruteciendo. ¡Iremos al teatro, al restaurante, haremos locuras!
—¡Ah!, hijo mÃo —murmuró tiernamente la señora Homais, asustada ante los vagos peligros que su marido se disponÃa a correr.
—Bueno, ¿y qué?, ¿no te parece que estoy arruinando bastante mi salud viviendo entre las emanaciones continuas de la farmacia? Asà son las mujeres: tienen celos de la ciencia, pero luego se oponen a que uno disfrute de las más legÃtimas distracciones. No importa, cuente conmigo; uno de estos dÃas me dejo caer en Rouen y ya verá cómo hacemos rodar los monises.
En otro tiempo el boticario se hubiera guardado muy bien de emplear semejante expresión; pero ahora le daba por hablar en una jerga alocada y parisina que encontraba del mejor gusto; y como Madame Bovary, su vecina, interrogaba con curiosidad al pasante sobre las costumbres de la capital, hasta hablaba argot para deslumbrar… a los burgueses, diciendo turne, bazar, chicard, chicandard, Breda street, y Je me la casse, por: me voy.
