Madame Bovary

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Y enseguida, contando la historia del embargo, le expresó su angustia, pues Carlos lo ignoraba todo, su suegra la detestaba, el tío Rouault no podía hacer nada; pero él, León, iba a ponerse en marcha para encontrar aquella cantidad indispensable.

—¿Cómo quieres que…?

—¡Qué cobarde estás hecho! exclamó ella.

Entonces él dijo tontamente:

—¡Tú desorbitas las cosas! Quizás con un millar de escudos tu buen hombre se calmaría.

Razón de más para intentar alguna gestión, era imposible que no se encontrasen tres mil francos. Además, León podía salir de fiador.

—¡Vete!, ¡prueba!, ¡es preciso!, ¡corre…! ¡Oh!, ¡inténtalo!, ¡prueba!, te querré mucho.

Él salió, volvió al cabo de una hora, y dijo con una cara solemne:

—He visitado a tres personas… ¡inútilmente!

Después se quedaron sentados, uno en frente del otro, en los dos rincones de la chimenea, inmóviles, sin hablar. Emma se encogía de hombros y pataleaba. Él la oyó murmurar:

—Si estuviera en tu puesto, ya lo creo que los encontraría.

—¿Dónde?

—En tu despacho.

Y se quedó mirándole.


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