Madame Bovary
Madame Bovary Una audacia infernal se escapaba de sus pupilas encendidas, y los párpados se entornaban de una forma lasciva a incitante, de tal modo que el joven se sintió ablandar bajo la muda voluntad de aquella mujer que le aconsejaba un delito. Entonces tuvo miedo, y para evitar toda explicación, se golpeó la frente exclamando:
—Morel debe volver esta noche, espero que no se me negará (era un amigo suyo, el hijo de un negociante muy rico), y te traeré eso —le dijo él.
Emma no pareció acoger esta esperanza con tanta alegría como él se había imaginado. ¿Sospechaba el engaño? Él continuó enrojeciendo:
—Sin embargo, si no he llegado a las tres, no me esperes, ¡querida! Tengo que irme, perdona, ¡adiós!
Le apretó la mano, pero la notó totalmente inerte. Emma ya no tenía fuerza para ningún sentimiento.
Dieron las cuatro; y ella se levantó para regresar a Yonville obedeciendo como una autómata al impulso de la costumbre.
Hacía bueno; era uno de esos días del mes de marzo claros y crudos, en que luce el sol en un cielo completamente despejado. Los ruaneses endomingados se paseaban con aire feliz. Llegó a la plaza de la catedral. Salían de las vísperas; la muchedumbre salía por los tres pórticos, como un río por los tres arcos de un puente, y, en medio, más inmóvil que una roca, estaba el guarda de la iglesia.