Madame Bovary

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Entonces recordó aquel día en que, toda ansiosa y llena de esperanzas, había entrado en aquella gran nave que se extendía ante ella menos profunda que su amor; y siguió caminando, llorando bajo su velo, distraída, vacilante, a punto de desfallecer.

—¡Cuidado! —gritó una voz desde la puerta de un coche que se abría.

Emma se paró para dejar pasar un caballo negro, que piafaba entre los varales de un tílburi conducido por un caballero que llevaba un abrigo de marta cibelina. ¿Quién era?

Ella lo conocía… El coche arrancó y desapareció.

Pero si era él, ¡el vizconde! Emma se volvió: la calle estaba desierta. Y quedó tan abrumada, tan triste, que se apoyó en una pared para no caer.

Después pensó que se había equivocado. De todos modos, no sabía nada de esto. Todo en sí misma y fuera de ella la abandonaba. Se sentía perdida, rodando al azar en abismos indefinibles; y al llegar a la «Croix Rouge» casi le dio alegría encontrar al bueno del señor Homais, que miraba cómo cargaban en «La Golondrina» una gran caja llena de productos farmacéuticos. En su mano sostenía, en un pañuelo, seis cheminota para su esposa.


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