Madame Bovary

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El ciego tendía su sombrero, que se bamboleaba al lado de la puerta del coche como si fuera una bolsa de la tapicería desclavada.

—¡Ahí tiene —dijo el farmacéutico— una afección escrofulosa!

Y aunque conocía a aquel pobre diablo, fingió que lo veía por primera vez, murmuró las palabras de «córnea, córnea opaca, esclerótica, facies»; después le preguntó en un tono paternal.

—¿Hace mucho tiempo, amigo mío, que tienes esa espantosa enfermedad? En lugar de emborracharte en la taberna más te valdría seguir un régimen.

Le aconsejaba que tomase buen vino, buena cerveza, buenos asados. El ciego continuaba su canción; por otra parte, parecía casi idiota. Por fin, el señor Homais abrió la bolsa.

—Toma, ahí tienes un sueldo, devuélveme dos ochavos; no olvides mis consejos, te encontrarás mucho mejor.

Hivert se permitió en voz alta expresar dudas sobre su eficacia. Pero el boticario certificó que le curaría él mismo con una pomada antiflogística compuesta por él, y le dio sus señas:

—Señor Homais, cerca del mercado, suficientemente conocido.

—Bueno, en premio —dijo Hivert—, vas a hacernos la comedia.


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