Madame Bovary
Madame Bovary El ciego se desplomó sobre sus piernas, y echando hacia atrás la cabeza al tiempo que giraba sus ojos verdosos y sacaba la lengua, se frotaba el estómago con las dos manos, mientras que daba una especie de aullido sordo, como un perro hambriento. Emma, llena de asco, le envió por encima del hombro una moneda de cinco francos. Era toda su fortuna. Le parecía hermoso arrojarla así.
Ya el coche había arrancado de nuevo cuando de pronto el señor Homais se asomó a la ventanilla y gritó:
—Nada de farináceos ni de lacticinios. Ropa interior de lana y vapores de bayas de enebro en las partes enfermas.
El espectáculo de los objetos conocidos que desfilaban ante sus ojos poco a poco distraía a Emma de su dolor presente. Una insoportable fatiga la abrumaba, y llegó a su casa alelada, desanimada, casi dormida.
—¡Sea lo que Dios quiera! —se decía.
Y además, ¿quién sabe?, ¿por qué de un momento a otro no podría surgir un acontecimiento extraordinario? El mismo Lheureux podía morir.