Madame Bovary

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A las nueve de la mañana la despertó un ruido de voces en la plaza. Había una aglomeración alrededor del mercado para leer un gran cartel pegado en uno de los postes, y vio a Justino que subía a un guardacantón y que rompía el cartel. Pero en este momento el guarda rural le puso la mano en el cuello. El señor Homais salió de la farmacia y la señora Lefrançois parecía estar perorando en medio de la muchedumbre.

—¡Señora!, ¡señora! —exclamó Felicidad al entrar—, ¡qué infamia! Y la pobre chica, emocionada, le alargó un papel amarillo que acababa de arrancar en la puerta. Emma leyó en un abrir y cerrar de ojos que todo su mobiliario estaba en venta.

Se miraron en silencio. No tenían, la sirvienta y el ama, ningún secreto la una para la otra. Por fin, Felicidad suspiró:

—Yo en su lugar, señora, iría a ver al señor Guillaumin.

—¿Tú crees?

Y esta pregunta quería decir:

—Tú que conoces la casa por el criado, ¿es que el amo ha hablado de mí alguna vez?

—Sí, vaya, hará bien en ir.

Se vistió, se puso el traje negro con capota de cuentas de azabache, y para que no la viesen (seguía habiendo mucha gente en la plaza), se encaminó hacia las afueras del pueblo, por el sendero a orilla del agua.


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