Madame Bovary
Madame Bovary Llegó toda sofocada ante la verja del notario; el cielo estaba oscuro y caía un poco de nieve.
Al ruido de la campanilla, Teodoro, en chaleco rojo, apareció en la escalinata; vino a abrirle casi familiarmente, como a una conocida, y la hizo pasar al comedor.
Una amplia estufa de porcelana crepitaba bajo un cactus que llenaba la hornacina, y en marcos de madera negra, colgados de la pared empapelada de color roble, estaban la Esmeralda de Steuben con la Putiphar de Shopin. La mesa servida, dos calientaplatos de plata, el pomo de cristal de las puertas, el suelo y los muebles, todo relucía con una limpieza meticulosa, inglesa; los cristales estaban adornados en cada esquina con vidrios de color.
—Este sí que es un comedor —pensaba Emma—, como el que me haría falta a mí.
Entró el notario, apretando con el brazo izquierdo contra su cuerpo la bata de casa con palmas bordadas, mientras que con la otra se quitaba y ponía rápidamente un birrete de terciopelo marrón, caído con presunción sobre el lado derecho por donde salían las puntas de tres mechones rubios que, recogidos en el occipucio, contorneaban su cabeza calva.
Después de ofrecerle asiento, se sentó a almorzar, pidiéndole muchas disculpas por la descortesía.
—Señor —empezó Emma—, yo quisiera pedirle…
—¿Qué, señora? Dígame.
Emma comenzó a exponerle su situación.