Madame Bovary

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El señor Guillaumin la conocía, pues estaba en relación con el comerciante de telas, en cuya casa encontraba siempre capitales para los préstamos hipotecarios que se hacían en su notaría.

Por tanto, conocía, y mejor que ella, la larga historia de aquellos pagarés, mínimos al principio, que llevaban como endosantes nombres diversos, espaciados a largos vencimientos y renovados continuamente, hasta el día en que recogiendo todos los protestos, el comerciante había encargado a su amigo Vinçart que hiciese en su nombre propio las diligencias necesarias, pues él no quería pasar por un tigre ante sus conciudadanos.

Ella entremezcló su relato con recriminaciones contra Lheureux, a las cuales el notario respondía de vez en cuando con una palabra insignificante. Comiendo su chuleta y bebiendo su té, apoyaba el mentón en su corbata azul cielo, atravesada por dos alfileres de diamantes unidos por una cadenita de oro; y sonreía con una sonrisa singular, de una manera dulzona y ambigua. Pero, dándose cuenta de que ella tenía los pies mojados:

—Acérquese a la estufa… más arriba…, contra la porcelana.

Tenía miedo a ensuciarla. El notario exclamó en tono galante:

—Las cosas hermosas no estropean nada.


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