Madame Bovary

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Entonces Emma trató de conmoverlo, y, emocionándose ella misma, llegó a contarle las estrecheces de su casa, sus dificultades, sus necesidades. ¡Él comprendía esto!, ¡una mujer elegante!, y, sin parar de comer, se había vuelto completamente hacia ella, de tal modo que le rozaba con su rodilla la botina, cuya suela se curvaba humeando al lado de la estufa.

Pero cuando Emma le pidió mil escudos, él apretó los labios, después se declaró muy apenado por no haberse hecho cargo antes de la administración de su fortuna, pues había cien medios muy cómodos, incluso para una dama, de hacer producir su dinero. En las turberas de Grumesnil o en los terrenos de El Havre habrían podido hacer, casi seguro, excelentes especulaciones; y la dejó consumirse de rabia ante la idea de las sumas fantásticas que sin duda podría haber ganado.

—¿Por qué —preguntó el notario— no ha venido a verme?

—No sé muy bien —dijo ella.

—¿Por qué, eh?… ¿Le daba miedo?

—¡Soy yo, por el contrario, quien debería quejarse! ¡Si apenas nos conocemos! Sin embargo, le tengo mucho afecto; ¿ya no lo pone en duda, supongo?

Alargó su mano, tomó la de Emma, la cubrió con un beso voraz, después la puso sobre su rodilla; y jugaba con sus dedos delicadamente, diciéndole mil piropos.


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