Madame Bovary
Madame Bovary Su voz sosa susurraba como un arroyo que corre, una chispa brotaba de su pupila a través del reflejo de sus lentes, y sus manos se adentraban en la manga de Emma para palparle el brazo. Emma sentÃa en su mejilla el aliento de una respiración jadeante. Aquel hombre la molestaba horriblemente.
Se levantó de un salto y le dijo:
—Señor, estoy esperando.
—¿Qué? —dijo el notario, que de pronto se volvió extremadamente pálido:
—Ese dinero.
—Pero…
Después, cediendo a la irrupción de un deseo demasiado fuerte:
—Bueno, pues sÃ.
Se arrastraba de rodillas hacia ella, sin pensar en su bata de casa.
—Por favor, quédese, ¡la quiero!
La cogió por la cintura.
Una oleada de púrpura subió enseguida a la cara de Madame Bovary. Se echó hacia atrás con una cara de espanto:
—¡Usted se aprovecha descaradamente de mi desgracia, señor! Soy digna de lástima, pero no me vendo.
Y salió.