Madame Bovary

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El notario quedó estupefacto, con los ojos fijos en sus bonitas zapatillas bordadas. Eran un regalo del amor. Aquella contemplación le sirvió, por fin, de consuelo. Además, pensaba que una aventura semejante le habría llevado muy lejos.

—¡Qué miserable!, ¡qué grosero!, ¡qué infame! —se decía ella, huyendo con paso nervioso bajo los álamos de la carretera. La decepción del fracaso reforzaba la indignación de su pudor ultrajado; le parecía que la Providencia se obstinaba en perseguirla, y realzando su amor propio, nunca había tenido tanta estima por sí misma ni canto desprecio por los demás. Un algo belicoso la ponía fuera de sí. Habría querido pegar a los hombres, escupirles en la cara, triturarlos a todos; y continuaba caminando rápidamente hacia adelante, pálida, temblorosa, furiosa, escudriñando con los ojos en lágrimas el horizonte vacío, y como deleitándose en el odio que la ahogaba.

Cuando divisó su casa, se apoderó de ella una especie de embotamiento. No podía seguir caminando; sin embargo, era preciso; por otra parte, ¿adónde huir?

Felicidad la esperaba a la puerta.

—¿Y qué?

—¡No! —dijo Emma.


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