Madame Bovary
Madame Bovary Y durante un cuarto de hora las dos estuvieron pasando revista a las diferentes personas de Yonville que acaso estarÃan dispuestas a acudir en su ayuda. Pero cada vez que Felicidad nombraba a alguien. Emma replicaba:
—¡Es posible! ¡No querrán!
—¡Y el señor que va a regresar!
—Ya lo sé… Déjame sola.
Lo habÃa probado todo. Ya no habÃa nada que hacer ahora; y cuando llegara Carlos ella le dirÃa:
—RetÃrate. Esa alfombra sobre la que caminas ya no es nuestra. De tu casa ya no te queda ni un mueble ni un alfiler ni una paja, y soy yo quien lo ha arruinado, ¡infeliz!
Entonces habrÃa un gran sollozo, después él llorarÃa abundantemente y, por fin, pasada la sorpresa, la perdonarÃa.
—Sà —murmuraba rechinando los dientes, me perdonará, él, que con un millón que me ofreciera, no tendrÃa bastante para que yo le perdonara el haberme conocido… ¡jamás!, ¡jamás!