Madame Bovary

Madame Bovary

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Esta idea de la superioridad de Bovary sobre ella la exasperaba. Además, confesara o no inmediatamente, luego, mañana, él no dejaría de enterarse de la catástrofe; así que había que esperar esta horrible escena y soportar el peso de su magnanimidad. Le dieron ganas de volver a casa de Lheureux: ¿para qué?; de escribir a su padre, era demasiado tarde; y tal vez se arrepentía ahora de no haber cedido al otro, cuando oyó el trote de un caballo por la alameda. Era él, abría la barrera, estaba más pálido que el yeso de la pared. Bajando a saltos la escalera, Emma se escapó rápidamente por la plaza; y la mujer del alcalde, que estaba hablando delante de la iglesia con Lestiboudis, la vio entrar en casa del recaudador.

Corrió a decírselo a la señora Caron. Las dos señoras subieron al desván; y, escondidas tras la ropa extendida en unas varas, se situaron cómodamente para ver toda la casa de Binet.

Estaba solo en su buhardilla, reproduciendo en madera una de esas tallas de marfil indescriptibles, compuestas de medias lunas, de esferas huecas metidas unas en otras, todo el conjunto erguido como un obelisco y que no servía para nada; ya estaba empezando la última pieza, tocaba al fin.


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