Madame Bovary

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En la penumbra del taller se veía salir de su herramienta un polvillo rubio como un torrente de chispas bajo las herraduras de un caballo al galope; las dos ruedas giraban, zumbaban. Binet sonreía, la barbilla baja, las aletas de la nariz abiertas y parecía finalmente perdido en una de esas felicidades completas que no pertenecen, sin duda, más que a las ocupaciones mediocres, que divierten la inteligencia por dificultades fáciles y la sacian en una realización más allá de la cual no queda sino soñar.

—¡Ah!, ¡allí está! —dijo la señora Tuvache.

Pero el ruido del torno no dejaba oír lo que Emma decía.

Por fin, aquellas señoras creyeron percibir la palabra «francos» y la tía Tuvache sopló muy despacio:

—Le pide que le aplace las contribuciones.

—¡Eso parece! —replicó la otra.

La vieron caminar de un lado para otro mirando en las paredes, los servilleteros, los candelabros, los pomos del pasamanos, mientras que Binet se acariciaba la barba con satisfacción.

—¿Iría a encargarle algo? —dijo la señora Tuvache.

—Pero si él no vende nada —objetó su vecina.


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