Madame Bovary

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El recaudador parecía escuchar con los ojos desorbitados, como si no comprendiera; Emma seguía en actitud tierna, suplicante. Se acercó; su pecho jadeaba; ya no hablaban.

—¿Es que ella le hace insinuaciones? —dijo la señora Tuvache.

Binet estaba rojo hasta las orejas. Emma le cogió las manos.

—¡Ah!, ¡eso ya es demasiado!

Y sin duda le proponía una abominación; pero el recaudador era, a pesar de todo, un valiente que había combatido en Bautzen y en Lutzen[68], hecho la campaña de Francia a incluso le habían «propuesto para la cruz»; de pronto, como a la vista de una serpiente, se apartó muy lejos hacia atrás exclamando:

—Señora, qué ocurrencias!

—Habría que azotar a esas mujeres —dijo la señora Tuvache.

—¿Dónde está? —replicó la señora Caron.

Pues durante aquella conversación Emma había desaparecido; después, viéndola enfilar la Calle Mayor y girar a la derecha como para ir al cementerio, se perdieron en conjeturas.

—Tía Rolet —dijo al llegar a casa de la nodriza—, me ahogo…, aflójeme el corsé.


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