Madame Bovary

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Se echó sobre la cama; sollozaba. La tía Rolet la tapó con un refajo y se quedó de pie delante de ella. Después, como no contestaba, la buena mujer se alejó, cogió su rueca y se puso a hilar lino.

—¡Oh!, ¡pare de una vez! —murmuró ella, creyendo escuchar el torno de Binet.

—¿Quién la incomoda? —se preguntaba la nodriza—. ¿Por qué viene aquí?

Había acudido allí empujada por una especie de espanto que la echaba de su casa.

Acostada sobre la espalda, inmóvil y con los ojos fijos, distinguía vagamente los objetos, aunque aplicara su atención a ellos con una persistencia idiota. Contemplaba los desconchados de la pared, dos tizones humeando por las dos puntas y una larga araña que andaba por encima de su cabeza en la rendija de la viga. Por fin, fijó sus ideas. Se acordaba… un día, con León… ¡Oh, qué lejos…! El sol brillaba en el río y las clemátides perfumaban el aire. Entonces, transportada en sus recuerdos como en un torrente que hierve, llegó pronto a recordar la jornada de la víspera.

—¿Qué hora es? —preguntó.

Salió la tía Rolet, levantó los dedos de su mano derecha hacia el lado donde el cielo estaba más claro, y volvió despacio diciendo:

—Pronto serán las tres.

—¡Ah!, ¡gracias!, ¡gracias!


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