Madame Bovary
Madame Bovary Porque él iba a llegar. Era seguro. HabrÃa encontrado dinero. Pero irÃa quizás allÃ, sin sospechar que ella estaba aquÃ; y pidió a la nodriza que fuese corriendo a su casa para traerlo.
—¡Dese prisa!
—Pero, mi querida señora, ya voy, ¡ya voy!
Se extrañaba ahora de no haber pensado en él primeramente; ayer le habÃa dado su palabra, no faltarÃa a ella; y se veÃa ya en casa de Lheureux presentando sobre su mesa los tres billetes de banco. Después habrÃa que inventar una historia que explicase las cosas a Bovary. ¿Cuál?
Entretanto la nodriza tardaba mucho en volver. Pero como no habÃa reloj, Emma temÃa exagerar, tal vez, la duración del tiempo. Se puso a dar paseos por la huerta, paso a paso; siguió el sendero a lo largo del seto y volvió rápidamente pensando que la buena señora habrÃa regresado por otro camino. Por fin, cansada de esperar, asaltada por sospechas que rechazaba, sin saber si estaba allà desde hacÃa un siglo o un minuto, se sentó en un rincón, cerró los ojos y se tapó los oÃdos. La barrera chirrió: ella dio un salto; antes de que hubiese hablado, la tÃa Rolet le dijo:
—No hay nadie en su casa.
—¿Cómo?
—¡Nadie! Y el señor está llorando. La llama. La están buscando.