Madame Bovary

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Le pareció de pronto que unas bolitas color de fuego estallaban en el aire como balas fulminantes que se aplastaban, y giraban, giraban, para ir a derretirse en la nieve entre las ramas de los árboles. En medio de cada uno de ellas aparecía la cara de Rodolfo. Se multiplicaron y se acercaban, la penetraban; todo desapareció. Reconoció las luces de las casas que brillaban de lejos en la niebla.

Entonces su situación se le presentó de nuevo, como un abismo. Jadeaba hasta partirse el pecho. Después, en un arrebato de heroísmo que la volvía casi alegre, bajó la cuesta corriendo, atravesó la pasarela de las vacas, el sendero, la avenida, el mercado y llegó a la botica. No había nadie. Iba a entrar, pero al sonar la campanilla podía venir alguien, y deslizándose por la valla, reteniendo el aliento, tanteando las paredes, llegó hasta el umbral de la cocina, en la que ardía una vela colocada sobre el fogón. Justino, en mangas de camisa, llevaba una bandeja.

—¡Ah!, están cenando. Esperemos.

Justino regresó. Ella golpeó el cristal. Él salió.

—¡La llave!, la de arriba, donde están los…

—¿Cómo?

Y la miraba, todo asombrado por la palidez de su cara.

—¡La quiero!, ¡dámela!


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