Madame Bovary

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Como el tabique era delgado, se oía el ruido de los tenedores contra los platos en el comedor.

Decía que las necesitaba para matar las ratas que no le dejaban dormir.

—Tendría que decírselo al señor.

—¡No!, ¡quédate aquí!

Después, con aire indiferente:

—¡Bah!, no vale la pena, se lo diré luego. ¡Vamos, alúmbrame!

Y entró en el pasillo adonde daba la puerta del laboratorio. Había en la pared una llave con la etiqueta Capharnaüm.

—¡Justino! —gritó el boticario, que estaba impaciente.

—¡Subamos!

Y él la siguió.

Giró la llave en la cerradura, y Emma fue directamente al tercer estante, hasta tal punto la guiaba bien su recuerdo, tomó el bote azul, le arrancó la tapa, metió en él la mano, y, retirándola llena de un polvo blanco, se puso a comer allí con la misma mano.

—¡Quieta! —exclamó él echándose encima de ella.

—¡Cállate!, pueden venir.

Él se desesperaba, quería llamar.

—¡No digas nada de esto, le echarían la culpa a tu amo!


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