Madame Bovary

Madame Bovary

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Después se volvió, súbitamente apaciguada, y casi con la serenidad de un deber cumplido.

Cuando Carlos, trastornado por la noticia del embargo, entró en casa, Emma acababa de salir. Gritó, lloró, se desmayó, pero Emma no volvía. ¿Dónde podía estar? Mandó a Felicidad a casa de Homais, a casa de Tuvache, a la de Lheureux, al «Lion d'Or», a todos los sitios; y, en las intermitencias de su angustia, veía su consideración aniquilada, su fortuna perdida, el porvenir de Berta roto. ¿Por qué causa?…, ¡ni una palabra! Esperó hasta las seis de la tarde. Por fin, no pudiendo aguantar más, a imaginando que ella había salido para Rouen, fue por la carretera principal, anduvo media legua, no encontró a nadie, aguardó un rato y regresó.

Emma había vuelto.

Se sentó ante su escritorio y escribió una carta que cerró despacio, añadiendo la fecha del día y la hora. Después dijo con un tosco aire solemne:

—La leerás mañana; hasta entonces, te lo ruego, no me hagas ni una sola pregunta:

—Pero…

—¡Oh, déjame!

Y se acostó a todo lo largo de su cama.

Un sabor acre que sentía en su boca la despertó. Entrevió a Carlos y volvió a cerrar los ojos.


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